La Puerta

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Autor
Sergio Guzmán L
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La ley de Sociedades Anónima permite que las reuniones de directorio se realicen a puerta cerrada. Como nuestras posiciones y estilos no son inmunes al entorno en que actuamos, el legislador asumió que la privacidad era importante en los espacios corporativos donde se debaten estrategias que han de influir significativamente en el futuro de la organización.

Los seres humanos adherimos a la privacidad en diversas situaciones. Por ejemplo, los padres de familia que necesitamos conversar a puertas cerradas, intimidad que facilita darnos a conocer posturas divergentes que atañen a la vida de hogar o a nuestros hijos, y debatir esos temas hasta que cada uno comprenda las motivaciones o prioridades del otro, procurando una decisión compartida que beneficie a la familia en su conjunto. Lo que interesa y valoran los hijos es recibir un acuerdo consensuado, más que conocer los detalles de una discusión ya resuelta por sus progenitores.

Otro ejemplo es la elección del Papa, rito milenario a puertas cerradas sin que nada ni nadie importune este cónclave, cuya etimología proviene de las palabras latinas “con” y “llave”.

Momento histórico y muy relevante en las democracias occidentales fue el acuerdo que dio forma a las bases fundacionales de los Estados Unidos de América. La Convención de Filadelfia (1787) decidió, por mayoría, mantener sus deliberaciones en secreto y divulgar sus contenidos como principios fundamentales que regirían en los doce estados de la Unión. El debate a puerta cerrada dio a los constituyentes el espacio adecuado para exteriorizar sus distintas posiciones, compartirlas, reflexionar y lograr acuerdos, e impidió que la publicidad de sus divergencias alentara caudillismos distractores del propósito común: la independencia de los Estados Unidos y la defensa de los ciudadanos frente al poder político. La “puerta cerrada” permitió dar a la luz uno de los documentos más trascendentales de la historia contemporánea.

Aquellos directores que no cuidan la privacidad de los debates internos, se atribuyen arbitrariamente su representación u olvidan el carácter colegiado que tiene la instancia corporativa de la que son parte, transforman los directorios en un cuerpo disfuncional. Al respecto, mi experiencia como miembro del primer directorio de “Blanco y Negro S.A.” y lo mal que funcionó en este sentido. Como para algunos de sus integrantes era psicológicamente imposible evitar lucimientos personales o protagonismos de muy dudosa idoneidad, decidieron filtrar los debates del directorio o propalarlos directamente a la prensa, generando desconfianzas corporativas muy difíciles de superar. 

El tenor de la discusión y la franqueza son condiciones imprescindibles para un buen debate corporativo. Este se debilita, hasta desaparecer, cuando existe la sospecha de que alguno de los directores viola los principios de discreción y confidencialidad.

Lo que siempre debe ser público en todo directorio de sociedad anónima es el Acta que recoge lo sustancial de lo ocurrido en la sesión. De ahí la importancia de que los acuerdos sean fidedignos y bien redactados. Cada director debe estar consciente de que el Acta es el único instrumento jurídicamente válido para certificar los acuerdos y secuencias del debate, incluidas las disidencias, cuando corresponda dejarlas por escrito.

La libertad de cada director es requisito sine qua non para evaluar y obtener la mejor convergencia de intereses orientados a la organización.