Una mirada restrospectiva

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Autor
Sergio Guzmán L.
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Conversando con un viejo conocido y destacado director de empresas, me decía que los directorios no aportan valor corporativo alguno. En su larga y exitosa trayectoria había constatado que la mayoría de los directores se aferran a sus cargos para mantener cierta visibilidad y cobrar su dieta mensualmente.

Con todo, no ha disminuido el número de personas interesadas en ser directores. Ello, a pesar de los riegos asociados a esta actividad, intensificados con nuevas regulaciones y con el escrutinio público cada vez más riguroso, especialmente sobre quienes integran los directorios de compañías abiertas en bolsa.

La legítima aspiración de ser elegido o nombrado director de empresa sigue colisionando con la escasa renovación de los directorios. Un reciente estudio PwC en los Estados Unidos, señala que un tercio de los directores consultados cree que al menos uno de sus pares debería ser reemplazado. Sin embargo, a pesar de la saludable costumbre en ese país por auto evaluarse -práctica que felizmente asoma en Chile-, sólo la mitad de los encuestados admite que sus compañías han reemplazado directores.

Como el directorio es un espacio que facilita el acceso a redes poderosas y estimulantes, son muy pocos los integrantes que quieren salir, como también son pocos los que individualizan quién o quiénes debieran salir. Así, se ampara una suerte de "blindaje compartido", estimulado por relaciones sociales y lazos de amistad que los incumbentes estiman necesario conservar. Entre las 1.500 empresas abiertas en bolsa más grandes de los EE.UU, menos del 15% de sus directores accedió al cargo en los últimos dos años, situación que contradice las recomendaciones de renovar definidas en sus procesos internos de autoevaluación.

Entre quienes rehúsan irse, figuran los directores que asisten a las sesiones sin prepararse debidamente. En la encuesta PwC/EEUU, éstos alcanzan el 25%, a pesar de la penetración que en en ese país, como en otras naciones desarrolladas, han tenido los llamados “portales de directorios”. Estas aplicaciones, cuyo detalle será objeto de una próxima columna, simulan el espacio privativo del directorio con atributos de seguridad y prácticas colaborativas, permitiendo que los directores revisen una gran cantidad de información y presentaciones confidenciales. En Chile, donde la disposición de información confidencial no dispone estos portales, estimo que la mitad de los directores en ejercicio llega a las sesiones sin la preparación adecuada.

También están los directores que creen saberlas todas, y los que se enfrascan en discusiones triviales, derrochando tiempo y energía para lo más importante. Están, además, los taciturnos, los que no se atreven a expresar lo que piensan, dilatando con majadería acuerdos apremiantes.

Por último, los “teflones”, directores comodines que reaccionan con frivolidad frente a escándalos o irregularidades, más preocupados de encontrar explicaciones "políticamente correctas" para justificar errores que de aportar ideas para prevenir riesgos y/o aprovechar oportunidades.

La confidencialidad es una condición virtuosa del directorio, pero puede transformarse en pasivo cuando no hay voluntad de auto evaluarse y de revisar periódicamente las prácticas de gobierno. La “amistocracia” no es buena consejera en estas lides.

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