Lo femenino, por Sandra Díaz Ematris

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Autor
Sergio Guzmán L.
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“La meta del masculino es la perfección y la del femenino es ser alguien completo. Si uno busca ser perfecto, hay que dejar afuera partes de uno mismo. Si uno quiere ser completo, no se puede ser perfecto, porque hay que abrazar lo bueno y lo malo de nosotros, nuestras luces y sombras. Quizás lo mejor es un balance”. June Singer

Crecí en los años 80´s cuando lo que había disponible para generar una identidad femenina era aún muy limitado…habían pocas mujeres en política, pocas mujeres en empresas, pocas en puestos de liderazgo. La única que se destacaba era Margaret Thatcher, la Mujer de Hierro, que era admirada por ser una mujer fuerte y dura. Es decir con un masculino muy potenciado. Estudiando Ingeniería Civil también aprendí a cultivar los aspectos masculinos de mi identidad, como el ser práctica y ejecutiva para resolver problemas, la capacidad analítica y el foco en el logro en el mundo externo.

Si pudiera traer una imagen de este personaje que cultivé en esa época, diría que es una guerrera como Mulan, que se disfraza de hombre para ser considerada una igual entre los samurai. Quizás muchas mujeres tuvimos que meternos en el mundo de la empresa de esa época, disfrazando algunos aspectos femeninos que parecían poco útiles en ese momento.

…¿Cuánto talento femenino se está desperdiciando en estos disfraces…sobre todo cuando falta tanta empatía en nuestras empresas hoy?

Luego de trabajar un par de años en Chile fui a “perfeccionarme” a Estados Unidos. La gracia de estar en un país con menor discriminación y con más modelos de rol femeninos es que uno misma deja de subestimarse, y acepta los retos porque los otros te miran con menos limitaciones. Ahí aprendí a ser competitiva y a que era mejor pedir perdón que pedir permiso. Es curioso como muchas mujeres aceptamos seguir reglas que no inventamos nosotras y que además no están a nuestro favor. Por eso no tiene ningún sentido pedir permiso.

Sin embargo, cuando uno cultiva tanto los aspectos masculinos de uno misma (algo que también le pasa a los hombres), sin hacer balance con los femeninos, se corre el riesgo de convertirse en un personaje que hasta no parece humana. Uno aprende que para ser apreciada como mujer profesional hay que convertirse en la versión perfecta de uno misma, conociendo todas las respuestas y sobretodo no mostrando debilidad, especialmente si uno quiere ser “líder”.

Además, los líderes con tanto afán de perfección son agotadores para sí mismos y para el resto. Es como si anduvieran con unos lentes todo el día en que lo único que ven es lo que falta. Mira a sus colaboradores y lo que más sobresale es lo que hacen mal. No puede dar feedback positivo, no porque no quiera sino porque casi ni ve lo positivo. En las empresas nos juntamos una vez al año solo para lamentarnos de nuestras brechas de desempeño, con foco puesto sólo en números (17% de pérdida, KPI cumplidos al 80%, sólo números) y olvidamos celebrar lo mucho que hemos aprendido.

No vamos a tener mejor liderazgo que el que tenemos si tenemos visiones tan estrechas y poco inclusivas de lo que es hacer liderazgo. Para ver más allá del estilo único de liderazgo, necesitamos al femenino que le abre la mirada a nuestro masculino y su adherencia al modo único que obviamente es el perfecto, no caben más. Por eso tenemos el mismo tipo de líder en casi todas las organizaciones, porque se eligen entre ellos a su imagen y semejanza, se dan premios unos a otros de sus hazañas de liderazgo, y luego hacen asociaciones y clubes para continuar con la endogamia, y seguir produciendo los mismos resultados que tenemos hasta ahora.

Para el mundo que antes fue de menor complejidad, más lineal, el modelo de liderazgo anterior ya no nos está sirviendo. Está incompleto. A ese modelo le falta humanidad y balance, le falta empatía y relación, le falta inclusión y cuidado por el colectivo, por el ecosistema, y por la vida. En resumen, le falta femenino. Y no me refiero tan solo a más mujeres en puestos de liderazgo, que es un primer paso, sino una forma nueva de pensar y sentir de hombres y mujeres, donde cuidemos nuestros resultados y nuestra gente, cuidemos el medio ambiente y nuestro negocio, cuidemos el espacio público y el privado, donde busquemos logros externos premios y distinciones, y la libertad personal de medirnos por nuestros propios principios.

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