Empresarios detrás de la curva

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Autor
Sergio Guzmán L.
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Hisao Tanaka, CEO de Toshiba, empresa ícono japonesa con 140 años de vida, debió renunciar a su cargo al comprobarse que la compañía adulteró sus resultados durante siete años. Refiriéndose a este caso, el Ministro de Finanzas del Japón comentó que las reformas referidas al funcionamiento de los gobiernos corporativos respondían a la urgente necesidad de renovar estándares de gobernanza que el empresariado japonés se había resistido aceptar.

¿Ha sido también el empresariado chileno refractario a innovar en estas materias? La interrogante implica distinguir previamente a) entre lo que la ciudadanía espera de sus empresarios y lo que éstos entienden como responsabilidad suya; b) entre los intereses de una sociedad más informada, contestataria y participativa, y la simplicidad que los empresarios buscan al crear valor económico; c) entre los roles del Estado y los que corresponden a las organizaciones privadas; d) entre el bien público que representa la confianza ciudadana en el empresariado y el bien privado del lucro; y e) entre las empresas con buenas prácticas de gobierno corporativo y aquellas que no las tienen.

El bajo nivel de valoración ciudadana que hoy tienen las empresas chilenas, demuestra que tales distinciones no están resueltas. Peor aún, un número creciente de personas percibe que el problema radica en uno de los objetivos esenciales de la actividad empresarial: el lucro.

Peter Drucker acuñó el célebre concepto de “Valor Compartido”. Señala que cuando una empresa concilia su acción con las externalidades negativas -por ejemplo, su impacto ambiental- y el propósito de obtener utilidades, ambos objetivos dejan de contradecirse y se integran armónicamente al éxito empresarial de mediano y largo plazo; reveló que la mejora de la institucionalidad en que se desarrollan las empresas se hacía indispensable para lograr la generación de riquezas. “Crear valor compartido no es filantropía -agregó Michael E. Porter, cofundador de FSG- sino una nueva forma de emprendimiento, de generar riqueza y de conducir a la próxima ola de crecimiento de la economía mundial”.

Y así como tardamos en comprender que el bienestar de los trabajadores y de sus familias es necesario para mejorar los resultados económicos de una empresa, así también nuestros empresarios dilatan la imperiosa necesidad de mejorar sus prácticas de gobernanza. Hoy prevalece el convencimiento de que todo está bien, de que nada debe cambiar y de que sincerar nuestras deficiencias es tiempo perdido. Los gremios, con razón, están abocados a defenderse de legislaciones nocivas al emprendimiento, pero dejan otros temas igualmente relevantes fuera de su agenda. Sólo ahora, como consecuencia del caso Cascadas, la Bolsa de Comercio hizo recomendaciones a los directorios para un mejor desempeño del mercado de valores. Otras muestras más de la reactividad y falta de anticipación en que nuestras empresas y empresarios se desenvuelven, sometiéndose muchas veces a regulaciones ajenas a su realidad, intereses y necesidades.

La contingencia debe servir a nuestros empresarios para reposicionar su valor insustituible en la generación de riqueza, crecimiento, progreso y bienestar de nuestro país. Es, al mismo tiempo, una oportunidad para readecuar estructuras obsoletas en la era digital y, por sobre todo, para anticiparse. Sólo así lograremos ubicarnos “delante de la curva”, evitar los Toshiba y avanzar en buenas prácticas de gobierno corporativo.

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