El accionista controlador como "Macho Alfa"

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Autor
Sergio Guzmán L.
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En una reciente entrevista a un matutino local, el empresario vitivinícola y renombrado arbitrador de valores negociables, Raimundo Valenzuela, afirma que después de su salida del directorio de Endesa en 2009 “jamás volveré a ser director de una empresa productiva que no sea controlada por mí... (porque) si no tengo la fuerza para cambiar las decisiones, mejor no estoy".

¿Será este el objetivo que buscan comúnmente los controladores de empresas abiertas en Chile? ¿Notamos alguna evolución encaminada a valorar el disenso como singularidad de un buen gobierno corporativo?

Las empresas chilenas abiertas en bolsa tienen, en general, un controlador que se expresa a través de una posición mayoritaria en el directorio. La ventaja esgrimida apunta a que el controlador tendrá siempre como foco el éxito de la empresa, sin desviar sus beneficios en favor de los gerentes o stakeholders distintos de los accionistas como ocurre en organizaciones en las que no hay un interés tan concentrado. Esta opinión difiere con lo que ocurre, por ejemplo, en los Estados Unidos, país donde la ausencia de controladores es suplida por la Administración, supervisada muchas veces a mayor distancia por el directorio. En fin, hay empresas con desconcentración de propiedad que funcionan bien, y las hay donde la ausencia de un controlador da origen a rumbos equivocados.

La tendencia histórica predominante de nuestros accionistas controladores ha sido la de representar de hecho a la totalidad de los accionistas, convencidos de que son ellos quienes mejor interpretan la estrategia que debe seguir la compañía y, por tanto, son ellos los llamados a decidir lo que más conviene a la empresa en los más variados ámbitos de su desempeño corporativo.

Esta visión tipo “macho alfa dominante” ha ido cambiando a gran velocidad. Entre los motivos, cabe señalar los siguientes:

  • La legislación ha debilitado lo que hace un tiempo se consideraba principio fundamental: una acción, un voto. De ahí que los directores independientes hayan ganado un estatus que privilegia su condición tanto en su elección como en la presencia obligada en el comité de directores y su participación especial en decisiones que involucran transacciones donde el controlador es parte interesada;
  • El peso político y comunicacional adquirido por los inversionistas institucionales, transformándolos en actores cuya opinión es considerada por el controlador a la hora de tomar decisiones en las que hay disenso.
  • La progresiva valoración del consenso frente a miradas alternativas, incluso opuestas, para discernir lo que más conviene a la empresa. El empecinamiento de que hay una sola vía para alcanzar el objetivo suele traducirse en fracasos cuyas consecuencias económicas, políticas y sociales bien conocemos.
  • La cultura de la sociedad y, en consecuencia, de la empresa, ha ido mutando desde posturas inflexibles de "estar siempre en lo correcto" hacia una relación menos rígida y más participativa entre personas, especialmente en empresas que se proyectan en el largo plazo y donde el concepto de sustentabilidad adquiere gran relevancia.

Hay vientos de cambio favorables, pero subsisten muchas organizaciones donde el controlador actúa como “macho alfa dominante” que reduce los tiempos para preguntar, escuchar u observar, requisitos necesarios para una buena reflexión corporativa. Esto puede abreviar el proceso de toma de decisiones, pero lo hace mucho más riesgoso. Los acuerdos de directorio no pueden representar sólo "arbitraje de mercado”, sino reflejar prioritariamente una conducción profesional y responsable de medidas que afectan el patrimonio de accionistas no controladores y de múltiples stakeholders sin voz en el privilegiado espacio corporativo.

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