El observador y la realidad

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Autor
Sergio Guzmán L.
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Los seres humanos somos observadores particulares: vemos con los ojos pero observamos con las distinciones individuales que poseemos. Si nos muestran una radiografía de tórax y no tenemos la formación médica para interpretarla, solo veremos una imagen negra en la cual, con mucho, reconoceremos una silueta humana. En cambio, el médico radiólogo, fruto de su conocimiento y experiencia profesional mirando radiografías similares, podrá observar muchas cosas.

Incluso, aunque tuviésemos orígenes y bagajes parecidos, nuestras emociones particulares nos harían observadores diferentes. Es la conclusión del relato acerca de dos vendedores de zapatos que en el siglo XIX fueron enviados a un país africano donde la mayoría de sus habitantes caminaba descalzo. Al llegar, uno de ellos comunicó a su jefe que regresaría de inmediato porque, dijo, “aquí nadie usa zapatos". El otro, nada más arribar, telegrafió a su jefe: "Me quedo. Perspectivas fabulosas. No tenemos competencia". Ambos vendedores habían constatado el mismo hecho (estos africanos caminan descalzos), pero interpretaron esa realidad con el sello individual de sus propias distinciones.

Cada ser humano tiene un mundo propio, definido por su genoma y alimentado por experiencias personales que construyen una estructura única de coherencias cultivadas a lo largo de su vida. Tales experiencias se forjan en una cultura asociada a estudios, valores, ideologías y creencias religiosas, entre otros muchos factores. A pesar de que nuestras experiencias en esos dominios pueden parecerse, todos somos distintos en mayor o menor grado. Y es en esa diferencia donde emerge la riqueza de ampliar y compartir visiones, sumando nuestros talentos.

Muchos estiman que la realidad es una sola y que ella existe con independencia del observador. Esta apreciación hace que con frecuencia intentemos imponer nuestra visión de “lo real” -esto es, de la existencia verdadera y efectiva de algo o de alguien-, postura contrapuesta a hipótesis alternativas que perciben la realidad como inseparable del observador y, más elocuente aún, construida por él mismo. Es lo que ocurre en el ámbito empresarial cuando el presidente del directorio regaña a su gerente general por no haber visto las oportunidades ni vaticinado los riesgos que, a su juicio, eran "evidentes". Esta argumentación presume que las oportunidades vuelan en el jardín como mariposas, y que sólo bastaría una red para capturarlas. Sin embargo, como apuntan las teorías alternativas y no excluyentes sobre realidad, biología humana y emociones, las oportunidades o riesgos surgen del observador que las distingue, y no de otro lado.

El tema es relevante en el mundo de los directorios. Invita a la curiosidad, al desapego, a la reflexión y a la confianza; a recuperar esa apertura de mente, esa candidez que nos permitió de niños aprender con celeridad, evolución que los adultos muchas veces frenamos. También invita a reconocer los límites de nuestra sabiduría, aceptando que somos observadores con un universo acotado de destrezas individuales, y a comprender que nuestra observación es un corolario válido de nuestras experiencias, tan válido y beneficioso como el de nuestros pares. Una invitación, en fin, a integrarnos en un proceso de permanente aprendizaje.

 

 

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